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Poesía religiosa. San Francisco de Asís
La vocación de Francisco

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LA VOCACIÓN DE FRANCISCO

¿Qué viste en tu Dios, Francisco,
que quedaste cautivado?
¿Fue su pecho ensangrentado,
su corona hecha de espinos
o fueron sus pies clavados
en una cruz sin sentido?

¿Fueron sus manos bañadas
en la sangre del Dios vivo
o la herida en su costado
como una fuente de vino
que emborrachó tu mirada
y te pusiste a seguirlo?

¿Fue acaso aquella mirada
que te penetraba el alma,
esos ojos que horadaban
tus secretos y tus ansias
o el manantial cristalino
de la paz que regalaba?

¿Fue su corazón doliente
que lloraba sangre y agua
o las heridas ardientes
que su cuerpo te mostraba
y revelaban patentes
el Amor con que te amaba?

O fue su Palabra hiriente
más filosa que una espada,
la que se clavó en tu alma
cuando ante el Cristo rezabas
y te dijo: ¡Reconstruye!
porque está en ruinas mi casa.

- No sé si son sus espinas,
sus pisadas o sus llagas.
Si es su Palabra encendida
o el fuego de su mirada,
si es su corazón ardiente
o el Amor con qué me ama.


Yo sólo sé que soy suyo,
que Él es mi rey y me ama,
que es Señor de los señores
y yo su siervo que clama
vivir sólo por su gloria
y sirviendo su Palabra.

Soy mensajero de un Reino
y el Amor es mi proclama;
heraldo de un Cristo vivo
que resucitó mi alma
y en la cruz nos ha entregado
el Espíritu de gracia.

Y sé que el Señor, en gloria,
volverá como ha partido,
que al mundo lo ha redimido
en la cruz de la victoria,
que su Pascua es mi destino
y el sentido de la historia.

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PRISIONERO DE CRISTO

La guerra es larga y penosa
y el aprendiz de guerrero
junto a otros caballeros
sufre una amarga derrota.

Muy joven para probarlo,
sus sueños se han esfumado
y lo que ha experimentado
ahora tendrá que pensarlo.

En un calabozo oscuro,
insalubre y nauseabundo
aprende a dejar el mundo
y a soñar otro futuro.

Cuántos sueños desgastados,
cuántos amigos heridos,
enfermos o destruidos,
tristes y desconsolados.

Su buen Dios va trabajando
en medio de oscuras noches.
Quién sabe cuántos reproches
te habrás hecho meditando.

Un año largo de encierro
en un sótano profundo,
en un calabozo inmundo
fue tu primer monasterio.

Aprendiste a hacer ayuno,
a conformarte con sobras,
a soportar la deshonra,
a perderte para el mundo.

No faltó la enfermedad
compañera de camino,
hija del hambre y del frío
y amiga de la piedad.

Y llegó la libertad,
de nuevo la luz del día,
la amistad, las compañías,
el regreso a la ciudad.

Pero ya no eres el mismo,
la enfermedad continúa,
te postra hasta la locura
de dejar todo por Cristo.

¡Cuán vanos son los proyectos
y la gloria de este mundo
que se pierde en un segundo
que malogra todo el resto!

La búsqueda ha comenzado,
pero faltan las respuestas;
tus ansias te piden metas,
tu corazón, ser amado.

Te ofrecen ser caballero
en un sueño inesperado
y un salón aparejado
con armaduras de acero.

Vas a enrolarte de nuevo,
tu corazón quiere gloria
pero no es esta victoria
la que te prepara el cielo.

Es el Señor que está hablando
y todavía no entiendes
que la cruzada que emprendes
es la que está preparando.

Y nuevamente en un sueño
el Señor abre tu oído,
Él Cristo te habla dormido
porque quiere ser tu dueño.

-¿Por qué tú sigues al siervo
dejando al Señor de lado?
¿Por qué dejas su cuidado
siguiendo a un pobre escudero?

- ¡Regresa a Asís que tu lucha
no es con armas de este mundo,
te diré cuál es tu rumbo
si con atención me escuchas!
..................

Vuelve a Asís el caballero,
como soldado frustrado,
enfermo, loco y burlado
a buscar su derrotero.

Francisco se ha enloquecido,
el mundo no le interesa
y el que era el rey de la fiesta
para el mundo, se ha perdido.

Encuentras nuevos amigos:
mendigos menesterosos,
los pobres y los leprosos
a los que ofreces tu abrigo.

El comercio no es tu vida:
sedas y telas preciosas;
si Dios a las mariposas
las viste de maravilla.

Das los bienes a los pobres:
ser libre como las aves
sin tejidos ni telares,
llevar su paz a los hombres.

Pero tu padre no entiende
que el Señor ha convertido
a su hijo tan querido
en profeta de las gentes.

Debe cuidar su fortuna,
sus negocios y su tienda
y decide la contienda
ante el obispo que juzga.

Te reclama su dinero
y todo lo que te ha dado,
te quiere desheredado;
tú eliges ser pordiosero.

Todo el pueblo está en la plaza
en la que tratan de loco
a un joven que, como pocos,
hizo de Dios su esperanza.

Le restituyes sus bienes
y todas tus pertenencias:
sólo Dios en su clemencia
será el Padre que prefieres.

Y desnudo bajo el cielo
puedes decir Padre Nuestro
caminando hacia su encuentro
porque Él es ya tu consuelo.

Ya no tenés otro abrigo
que el hermano sol tan bueno,
el resplandece sereno,
te libra del enemigo.

Sólo llevarás por manto
la libertad que te ha dado
el Señor que te ha llamado
a transformarte en su encanto.

Sólo serás prisionero
de su Amor puro y sublime,
del Amor que te redime
para hacerte caballero.

Un caballero de Cristo
armado de su belleza,
alegre con su pobreza,
peregrino de infinito.

Desnudo, recién nacido,
sobre el pesebre del mundo,
la luna te muestra el rumbo
porque te sabe escogido.

Desnudo como has venido
en los brazos de tu madre
te entregas a Dios que es Padre
y desnudo lo has seguido.

Sólo un sayal gris raído
cubrirá tu desnudez
vistiendo tu pequeñez,
protegiéndote del frío.

Francisco, el rey de las fiestas
deja en Asís sus amigos,
va a vivir con los mendigos,
sus glorias ya no son estas.

El caballero ha partido
su cruzada ha comenzado
todo a su Cristo entregado,
el rumbo desconocido.

Será el Señor que al mostrarlo
revelará su Evangelio,
concederá comprenderlo
y en la vida asimilarlo.

Sin bastón, bolsa ni manto
descalzo por sus caminos,
descalzo cual peregrino
que volvió su vida un canto.

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