UN SERAFÍN DE AMOR CRUCIFICADO... Un serafín de Amor, crucificado, alado y en Espíritu encendido, manos, pies y corazón atravesados y en sus alas de fuego, el Sol divino. Puso una de sus alas en tu boca y surgió como un torrente la alabanza, tocó tu lengua con la inspiración que brota desde la fuente que sostiene la Esperanza. Con un ala de pasión tocó tu oído y transformó el silencio en su Palabra, habló a tu corazón y tus sentidos se centraron en su voz que te besaba. Abanicando el viento, un ala perfumada embriagó tu pensamiento de emociones, te elevó por encima de las nadas y envuelto te quedaste entre canciones. Con una gota de miel volvió delicia el gusto de las cosas ya pasadas y el sabor de su toque que acaricia te llenó de dulzura con su gracia. Tus ojos acarició la luz dorada del ala de su belleza y hermosura con su toque encendido tu mirada dejó transformada en su ternura. Finalmente la unción tocó tu pecho y el corazón inflamó de su presencia te hirvió la sangre, el alma y su recuerdo impreso se quedó en su ausencia. Un serafín en fuego transformado con seis alas en llamas encendidas, un serafín en el Sol transfigurado en que la luz y el fuego se fundían. Sus seis alas son sabiduría, temor de Dios e inteligencia, fortaleza y consejo que nos guía, piedad filial y luz su ciencia. Volarás con sus alas al encuentro del Amor que te tiene enamorado, te fundirás con su fuego en el misterio del corazón que el fuego ha atravesado.


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EL TESTAMENTO DE FRANCISCO Sobre un monte de castaños, de un otoño enrojecido, Francisco contempla, herido, cómo se pasan los años. Le parece que fue ayer cuando a su puerta golpearon los primeros que emularon su sentir y su querer. Pioneros y compañeros de una aventura impensada, de ese sueño hecho de nadas e infinitos derroteros. Y Francisco recordaba la ilusión que había en sus ojos, tan generoso el despojo, tan alegre la mirada. Los tiempos de paraíso, de brillo de Amor primero, caminantes y viajeros como gorriones sumisos. Nadie les daba instrucciones, sólo el Señor los guiaba y su Espíritu soplaba en el alma, sus mociones. Él era el viento infinito que sus dones regalaba y en carismas demostraba que eran amigos de Cristo. El Señor le revelaba su voluntad y su norma: el Evangelio y su forma, todo aquí se concentraba. Vivir de la Eucaristía que el sacerdote les daba, del fuego de la Palabra de alabanza y alegría. Adorarlo en sus iglesias por la cruz que salva el mundo, viviendo en su Amor profundo fieles a la Madre Iglesia. Su regla en pocas palabras, inspirada por el Santo: el Evangelio y su encanto, confirmada por el Papa. Los veía por el mundo forasteros, peregrinos, en los cruces de caminos predicando el Amor puro. Y contentos trabajaban en el campo con sus manos, recibiendo como pago la comida que les daban. Por las noches se hospedaban con gente pobre y sencilla, oraban en sus capillas y a Dios, con ellos, cantaban. Los leprosos recordaban los tiempos de Amor primero, cuando el Señor entre ellos condujo a los que lo amaban. Sobre ese monte Francisco, vio cómo el tiempo pasaba, y un testamento dejaba escrito para sus hijos: Ámense como los amo, alegres en la pobreza, hijos fieles de la Iglesia y del bien que profesamos.
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