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Poesía religiosa. San Francisco de Asís
El éremo de Francisco

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EL ÉREMO DE FRANCISCO

Mora un alma de ermitaño
en un cuerpo que en camino,
hizo de Dios su destino
y que siente al mundo extraño.

Es el alma de Francisco
conversando con su Amado,
todo su ser dedicado
a la adoración del Cristo.

Sellados van los sentidos
al mundo que los provoca
pues en su templo se invoca
al Padre dios con gemidos.

Y cuando, al Sol, las ventanas,
abre el éremo en su idilio,
se llena de colorido
su presencia soberana.

Ora Francisco en camino
como ermitaño perfecto,
sólo en Dios está su afecto
concentrado y conmovido.

Y si habla con las alondras
para invitarlas al canto,
conmovido rompe en llanto
cuando en su cantar lo nombran.

El Dios que contempla dentro
pasea en su paraíso
y se vuelve encontradizo
transparentado en misterio.

Y es por eso que lo encuentra
reflejado en la belleza
en que la naturaleza,
hecha por Él, se alimenta.

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LA LUZ DE FRANCISCO.

Un orante hecho de luz,
transido de Amor divino,
un lucero vespertino
en la noche de Jesús.

Todo el bosque iluminado
en la nube que lo envuelve,
su rostro, de luz, se vuelve
y el cielo queda opacado.

Todo en Él transfigurado
en la nube luminosa
en que su espíritu goza
todo en Cristo transformado.

Los ángeles engendrados
en la luz que los evoca,
lo bendicen mientras tocan
su música embelesados.

Envuelto en la luz divina
de su Señor adorado,
su corazón extasiado
en los ojos que lo miran.

Porque luz es su mirada
y contemplarla es la vida,
en luz Francisco camina
transformado en alborada.

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