LA TRANSFIGURACIÓN Ya sube Francisco al monte pues su Señor lo ha llamado parecen sus pies alados, el mundo en el horizonte. Seis días van de camino el sendero serpentea y en brotes de primavera le anticipa su destino. Pascua en la naturaleza brotes de amor y de gracia perfumado está de acacia de altea, de nardo y frambuesa. Se ha hecho camino su vida, su alma, sendero y fiesta y una música perfecta del corazón le surgía. Canto, sol y algarabía de un fuego intenso y profundo en el que quemaba el rumbo del sentimiento que ardía. Camina Francisco en medio de un bosque que es sinfonía sentimiento y armonía de ilusión que vence el tedio. Es su paso peregrino en búsqueda de absoluto su cuerpo pequeño, enjuto, hecho de pájaro y trino. Seis días van de camino y el Señor que lo ha llamado parece que se ha callado, sopla el viento vespertino. En la cima hay una roca esculpida por el tiempo por la brisa y el lamento del monte que ya lo invoca. Y Francisco la contempla como signo de su amado, está herida en su costado y un manantial surge de ella. Agua fresca y cristalina de una fuente misteriosa desde la entraña amorosa del monte que la origina. Riega la hiedra y florecen las prímulas, las violetas y el amancay en las grietas que entre las rocas se ofrecen. Bebe Francisco en la fuente su espíritu se renueva y el canto se regenera de aquel jilguero silvestre. Entona un cántico nuevo que le brota desde el alma y apacigua con su calma la voz potente del trueno. De repente el canto envuelve la cima del monte umbrío ya es de noche y hace frío la luz del sol que se pierde. La roca está iluminada de una blancura estupenda y el cielo planta su tienda en la montaña sagrada. Envuelve la luz la cumbre de sus ansias sublimadas y un águila enamorada su corazón le descubre. Águila y luz, la mirada, que en las alturas se funde en un encuentro que es cúlmen del peregrino y sus ansias. Brilla la roca y alumbra el corazón que contempla que de su luz se alimenta enfrentando la penumbra. Brilla su luz e ilumina los ojos que la buscaban e implorantes suplicaban consuelo y sabiduría. La roca se manifiesta en una luz que encandila y penetrando en el alma fecundándola se anida. Compenetra la conciencia y en el corazón palpita la gracia que la inhabita destilando su clemencia. Todo transforma y embriaga todo colma e ilumina con la fuerza matutina de aurora que no se apaga. Anticipo de la esencia eterna del universo, del corazón que en un verso se postra ente su presencia. Postrado Francisco adora del Señor su teofanía es luz la fe que confía y de la luz se enamora. Anticipo de la gloria que ya brilla en su conciencia embriagante permanencia que inhabita su memoria. Francisco se ha vuelto luz y en el bosque se ilumina aquel que llegó a la cima en el amor de Jesús. Su Espíritu es ya morada de esa luz eterna y pura que su camino asegura y es sol de nueva alborada. Baja Francisco del monte, su rostro transfigurado su corazón transformado se funde en el horizonte. Va cantando melodías que se funden en el viento absorto su pensamiento en el Señor de sus días. Se eleva ya la mañana y el sol todo lo domina calmo Francisco camina descalzo por la montaña.

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LAS BODAS DE FRANCISCO CON DAMA POBREZA Junto a una inmensa pradera de un verde lino azulado, sobre un cerro, encaramado, Francisco en su amor decía. -Miren los lirios del campo que no cosechan ni hilan y el Padre Dios los abriga con el borde de su manto. Miren las aves del cielo sin plantación ni granero, cómo por el mundo entero Dios les brinda su alimento. Y estaba su pensamiento en la pobreza de Cristo cuyos ojos había visto en un leproso harapiento. Rechazada por los hombres sin abrigo ni morada la Pobreza, despreciada, se refugió entre los montes. Y en un cerro solitario que está más allá del tiempo construyó Pobreza un templo donde poder adorarlo. El templo fue iluminado con lámparas de sol y luna, con estrellas que, de a una, lo tenían adornado. En el monte desolado su música toca el viento y su canto es el lamento de sentirse enamorado. El templo está perfumado con ramos de incienso puro, con lavanda azul oscuro y unos nardos solitarios. Tiene columnas de acacia y de abedules plateados que desde un bosque cercano vinieron a acompañarla. Unas alondras inquietas, golondrinas y calandrias como amigas solidarias la acompañan mientras reza. Pobreza se siente sola desde que Cristo ha partido, el único que la ha querido, y desde el templo lo invoca. Francisco está conmovido de verla así, abandonada, a aquella que engalanaba la cruz gloriosa de Cristo. Y el amigo premuroso ardiendo de amor el alma, se decide a rescatarla: y le ofrece ser su esposo. El Amor brilló en sus ojos, descubrieron su belleza, lo enamoró su pureza y la fuerza de su arrojo. Su cabellera de ámbar, de miel pura y cristalina, del misterio que ilumina el sol cuando surge al alba. Su mirada penetrante esencial como su alma, su boca pequeña y calma su cuello tan elegante. Todo su rostro un hechizo en sus rasgos esenciales que en los limos primordiales bebía de quien lo hizo. Su cuerpo delgado y puro que del sol se alimentaba, que en la luna reposaba después del trabajo duro. Sus pies eran peregrinos, habían recorrido el mundo buscando el Amor profundo que le ofrecía Francisco. Sus manos eran de seda tejidas por mariposas que le daban a la esposa su candor de primavera. Como vestido de bodas el viento le tejió un manto y resaltaba su encanto como un valle de amapolas. Las luciérnagas del bosque le pusieron un anillo y el lucero con su brillo lo encendió en el horizonte. Pobreza está coronada con hojas rojas de otoño y una diadema de aromo deja su sien perfumada. Son las bodas de Francisco vestido en rayos de luna, su esposa, como ninguna, lo invita a ser otro Cristo. A serle fiel con el alma a su dama, la Pobreza, y esperar en las riquezas de Jesús y de su gracia. Ella le dará en herencia una ciudad adornada de virtud iluminada si la sirve con paciencia. Jerusalén es su nombre sobre roca edificada, por el Amor coronada morada de Dios y el hombre. Ya no más abandonada Pobreza se ha desposado con un hombre que la ha amado como un Señor a su amada. No ha querido otra riqueza sino tenerla en sus brazos lavarle los pies descalzos y vestirse en su realeza. Serle fiel hasta la muerte como había prometido, brindarle su pecho herido con un Amor que es más fuerte.
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