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Poesía religiosa. San Francisco de Asís
Francisco y la perfecta alegría

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FRANCISCO Y LA PERFECTA ALEGRÍA

Era de invierno y Francisco
con León, por el sendero,
en una tarde de enero,
habló de Dios a su amigo.

Sabes acaso, le dijo,
qué es la perfecta alegría,
y en qué cosa yo sabría
que conozco a Jesucristo?

Dime, padre bien amado
tu secreto y tu misterio
pues yo quiero conocerlo
y caminar a su lado.

Oh León, mi fiel amigo,
testigo de lo que siento,
escribe mi pensamiento
y escucha bien lo que digo.

Aunque todos los maestros,
los sabios y los doctores,
los prelados y Señores
lleven el hábito nuestro...

Aunque los reyes, los nobles,
los ricos y los pastores
se incorporen a la Orden
y su número sea enorme...

Escucha león y escribe
que no es esta la alegría,
que solo brota en la vida
de Jesús que nos recibe.

Aunque frailes predicando
conviertan a los infieles
y por ellos Dios hiciere
gran cantidad de milagros...

Aunque todos fueran santos
y expulsaran mil demonios
y tuvieran los tesoros
de la ciencia entre sus manos...

Escribe León y escucha
que no es perfecta alegría
la que no está en armonía
con Jesucristo y sus luchas.

Si una noche, en crudo invierno,
regresamos al convento,
muertos de frío y hambrientos
deseando el calor del fuego...

Si al abrirnos, el portero,
no nos conoce y nos echa
a la intemperie que acecha
en medio del aguacero...

Si nos ve tan pordioseros
que no oculta su desprecio
y aunque le muestre mi aprecio
me trata como un grosero...

Te digo León y escribe,
que la alegría perfecta
es tener la puerta abierta
del corazón que recibe.

Si no pierdo la paciencia
ni me quedo perturbado,
y si en Jesús flagelado
soporto toda inclemencia...

Si con Él crucificado
bendigo al que me maldice,
perdono al que me persigue
y me quedo anonadado...

Si al mal respondo tranquilo
aunque sea maltratado
y en Jesús resucitado
tengo el tesoro escondido...

Es ésta, León, escribe,
la alegría que no pasa,
porque edifica su casa
sobre la Roca que vive.


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EL LOBO DE GUBBIO

Las murallas protegían
una ciudad asustada,
está en sí misma encerrada
y a un lobo feroz temía.

Fuera del muro, extendida,
la comarca desolada,
estaba aterrorizada
por el lobo noche y día.

Las cuadrillas bien armadas
en vano lo perseguían,
todos en Gubbio sabían
que el lobo los acosaba.

La ciudad era una cárcel
que sus riquezas guardaba,
la comida que buscaba
el pobre lobo en su hambre.

Las ovejas no bastaban,
perros e incluso pastores,
entre las fauces feroces
del animal terminaban.

No había paz para ninguno
pues la crueldad aumentaba,
la sangre, sangre clamaba
en ambos lados del muro.

Compasión tuvo Francisco
de la ciudad asediada,
dentro del muro angustiada
y llevó la paz de Cristo.

Hacia el bosque, decidido,
con la cruz como armadura
San Francisco se aventura
en busca de un lobo herido.

Estaba herido de hambre,
de soledad y de frío,
perseguido y resentido
se presentó desafiante.

Te bendigo, hermano lobo,
le dijo, amoroso, el Santo
y te cubro con el manto
de la Cruz de Aquél que adoro.

Ven, manso, junto a mi lado
y no hagas mal a ninguno,
pide perdón, te aseguro
que ya no serás odiado.

Yo se que fue la miseria,
la marginación y el hambre
las que encendieron tus fauces
salvajes allí en la selva.

Que cegado en tu violencia
te alimentaste de sangre
y que aplacaste tu hambre
devorando indiferencia.

Yo te prometo comida
si en Dios hacemos las paces.
Ya no más lobos rapaces,
justicia, paz y armonía.

Asintió el lobo extasiado
en la luz que despedía
la mirada en la que ardía,
San Francisco, enamorado.

Les dijo Francisco entonces
a los hombres aterrados
que observaban admirados
la bestia a los pies del hombre.

No son las fauces del lobo
de lo que han de tener miedo,
es del infierno y su fuego
que se lo devora todo.

Es de los muros injustos
y de acumular riquezas
a costa de la pobreza
y el hambre que clama al Justo.

Es de la sed de venganza
y el odio que no perdona
de la crueldad que abandona
la ternura y la confianza.

Hizo las paces el lobo
y la ciudad asediada
abrió sus puertas cerradas
a la hermandad y su gozo.

Purgó el lobo sus pecados
entreteniendo a los niños,
ellos le daban cariño
y él ofreció sus cuidados.

En su vejez venerado
en recuerdo de Francisco
murió el lobo entre sus hijos
en paz y reconciliado.

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