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Poesía religiosa. San Francisco de Asís
Santa maria

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El himno a la Madre de Dios

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SANTA MARÍA

La noche ya se alejaba
la luna palidecía
y la mañana se abría
con su luz potente y clara.

Una noche de plegaria
de oración pura y sentida
en que Francisco vivía
la presencia trinitaria.

El alba clara se alzaba
y el horizonte encendía
el lucero que en la noche
su corazón conmovía.

Tenía el lucero un nombre
que al alba resplandecía,
era una estrella brillante
que se llamaba María.

Acompañaba sus noches
y sus horas de vigilia
bendecía sus silencios
la devoción en que ardía.

La madre de las estrellas
de la luz que era su guía
una joya en aquel cielo
que el corazón consumía.

La madre de la alabanza
de su paz y su alegría
la fuente de su esperanza
y su nombre era María.

Encendía su confianza
y el camino recorría
cimentaba la templanza
y su ilusión encendía.

Y en el alba aún estaba
esperando la venida
del sol que la acariciaba
con su calor y energía.

en los ojos de Francisco
la joya resplandecía
pues en el alma engarzada
la Madre de Dios tenía.

Y al final de su alabanza
que en el alba concluía
con el saludo a la Virgen
su corazón se ofrecía.

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Te saludo Madre Santa
Señora de la alegría
Reina bendita del cielo
Madre de Dios, Madre mía.

Virgen por siempre bendita
del Santísimo elegida
por el Padre consagrada
en su espíritu de vida.

Madre del Hijo en su gloria
del Salvador y Mesías
de la alianza prometida
que has hecho entrar en la historia.

Del Espíritu la Esposa
en santidad concebida
en Ti su gracia reposa
y se enciende en profecía.

Eres plenitud de gracia
Pura, Santa, Inmaculada
consuelo en nuestra desgracia
flor de vida consagrada.

Te saludo su palacio
casa del Dios con nosotros
templo del cielo y espacio
en que revela su Rostro.

Te saludo tienda santa
en que reside su gloria
aurora en que se levanta
el Sol de nuestra victoria.

Te saludo fiel belleza
que reviste su hermosura
ternura, luz y pureza
que se envuelve en su figura.

Te saludo esclava humilde
sierva de su fiel designio,
obediente hasta decirle
el Sí a un Dios que se hizo niño.

Te saludo Madre suya,
Madre de Dios, Madre nuestra
pues la alegría que es tuya
es la de su pueblo en fiesta.

Te saludo Virgen bella
coronada de virtudes
porque en mi cielo tu estrella
brilla y la noche concluye.

La oración de la mañana
brilla en el rostro del Santo
y a María entrega el canto
que se eleva en la montaña.

En el bosque que es su templo
ofrece su sacrificio
y es la alabanza el oficio
que ocupa todo su tiempo.

Florecen las azaleas
y en su canto son el trino
que embellecer su camino
en aire de primavera.

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